Dánzig, en el Báltico, invierno de 1690. Johannes Hevelius, cervecero y astrónomo, lleva tres años muerto. Su viuda, Elisabeth Koopman, ella misma astrónoma, hace publicar la obra póstuma que él había preparado: el "Firmamentum Sobiescianum", un atlas celeste en cincuenta y seis planchas. Cada carta está grabada en cobre, algunas superan el metro de ancho. En ella, Hevelius corrigió las posiciones de 1 564 estrellas, observadas a simple vista (rechazaba el telescopio) desde el observatorio que se había construido en el tejado de su casa en 1641. El Firmamentum Sobiescianum dedica siete nuevas constelaciones al rey Juan III Sobieski de Polonia, que había financiado al astrónomo. Seis de esas constelaciones siguen siendo oficiales hoy: la Lira del halcón (hoy Sextante), el Sextante, el León menor, el Lince, la Zorra menor, el Escudo de Sobieski.

Ese atlas ilustra una particularidad de la cartografía celeste clásica: el cielo se representa al revés, visto no desde la Tierra sino como desde fuera de la esfera celeste, el lado divino por así decirlo. Esa convención viene de los planisferios celestes antiguos, y se mantiene en toda la astronomía occidental hasta el siglo XVIII. El resultado visual es extraño y bello: las constelaciones aparecen en espejo de lo que se ve al alzar la vista por la noche. Para la decoración, esa inversión no tiene importancia. Para el sabio de la época, facilitaba ciertos cálculos de posiciones.

John Flamsteed y el Atlas Coelestis (1729)

Greenwich, cerca de Londres, principios del siglo XVIII. John Flamsteed es el primer Astrónomo Real de Inglaterra, nombrado en 1675 por Carlos II para fundar el observatorio de Greenwich. Durante cuarenta y cuatro años observa el cielo boreal con una precisión sin precedentes, con cuadrantes y catalejos. Identifica 2 935 estrellas, casi el doble del catálogo de Hevelius. A su muerte en 1719, su catálogo no se había publicado aún. Su viuda, Margaret, toma el relevo y publica en 1729 el "Atlas Coelestis", un atlas en veintiséis planchas dobles.

El Atlas Coelestis adopta una novedad: el cielo se representa en sentido correcto, tal como se ve desde la Tierra. Las constelaciones, dibujadas por James Thornhill (que pintó también la bóveda de la cúpula de la catedral de San Pablo), son figuras alegóricas de notable finura. Perseo sostiene la cabeza de Medusa. Hércules abate al león de Nemea. Andrómeda está encadenada a la roca. Ese atlas se convierte, durante un siglo, en la referencia visual de la astronomía europea. Las ediciones posteriores (1753, 1781, 1795) retoman sus planchas casi sin cambios.

El cielo como alegoría

¿Por qué las cartas celestes antiguas representaban las constelaciones como figuras mitológicas? Tres razones. Primero, la tradición: desde Ptolomeo y su "Almagesto" en el siglo II, los astrónomos occidentales heredan un sistema en el que cada grupo de estrellas lleva un nombre de héroe, de animal o de objeto. Conservar esas figuras permite transmitir el conocimiento sin reinventarlo todo. Después, la memorización: es más fácil recordar "el cinturón de Orión" que "las tres estrellas brillantes alineadas en esa región del cielo". Por último, la estética: el cielo de los Antiguos estaba poblado de relatos, y mostrar esos relatos confería al atlas una dignidad humanista.

En el siglo XIX, esa convención desaparece. Los atlas modernos adoptan un grafismo despojado: puntos para las estrellas, líneas para las constelaciones, sin figuras. Friedrich Argelander en Alemania, John Herschel en Inglaterra, Benjamin Gould en Estados Unidos (que funda el Observatorio de Córdoba en Argentina en 1870) publican atlas sin alegorías, más precisos pero menos bellos. Esa tensión entre la precisión científica y la belleza simbólica hace que los atlas de los siglos XVII y XVIII, ya obsoletos para la astronomía, hayan recuperado una segunda vida como objetos decorativos.

"Una carta del cielo antigua", escribía el astrónomo Camille Flammarion en 1880, "no está hecha para guiar el ojo en el cielo. Está hecha para guiar la mente en la memoria de los cielos."

Vivir con una carta celeste en la pared

Una carta celeste funciona particularmente bien en el dormitorio, sobre la cama o frente a ella. El motivo apacigua: un fondo oscuro (azul profundo, negro estrellado), constelaciones doradas o marfil, alegorías que sugieren el sueño. Formato recomendado: 50 por 70 para un planisferio celeste, 70 por 100 para un atlas completo o una gran figura aislada. Marco: madera clara o roble para calentar el azul profundo, o marco fino de latón para los amantes de una estética de gabinete de curiosidades. Evite el marco blanco, que contraría la noche representada.

Una carta celeste combina también muy bien con una habitación infantil o juvenil. El motivo acompaña la imaginación, las constelaciones se vuelven familiares, el cielo se acerca. Las planchas de Pegaso, del Centauro, de Orión o de la Osa Mayor son las más reconocidas. Pueden disponerse en tríptico, formato 30 por 40, con marcos idénticos. La pared se vuelve entonces un pequeño observatorio fijo.

Tres pistas para empezar

  • Una plancha del "Firmamentum Sobiescianum" de Hevelius (1690): cielo invertido, constelaciones figuradas en siluetas mitológicas. Para una habitación o un despacho de tonos oscuros.
  • Una plancha del "Atlas Coelestis" de Flamsteed (1729): cielo en sentido normal, dibujos de James Thornhill, estética neoclásica. Para un salón clásico o una biblioteca.
  • Un planisferio celeste completo, que reúne todas las constelaciones en una sola carta redonda. Para una habitación grande o un rellano de escalera que admita un formato imponente.

En Montmartre Poster, la colección vintage propone varias cartas celestes antiguas en la línea de esta tradición europea, impresas en papel de arte de 275 g/m². El azul profundo y el marfil de las constelaciones se han calibrado sobre los originales conservados en el Observatorio de París y en la British Library de Londres.