El gesto del saque, el brazo estirado hacia el cielo, la pelota suspendida una fracción de segundo. Esa es la imagen que los cartelistas de los años veinte fijaron para vender los torneos de la Costa Azul y los clubes de la capital. El tenis es aquí menos un deporte que una elegancia: pantalón de franela blanca, raqueta de fresno, fondo ocre quemado. Esta estética de hace un siglo se traslada notablemente bien a una pared de hoy.
Un póster de tenis funciona porque combina dos cosas que al ojo le gustan: una silueta nítida, legible desde lejos, y una paleta cálida heredada de la litografía antigua. Verde pista, ocre, blanco roto, a veces un azul noche. Son colores apagados, nunca chillones, que se posan en una habitación sin dominarla. Queda saber dónde colgarlo, y en qué marco.
El espíritu de club, sin la corbata
Un póster de tenis pide un decorado algo arreglado, pero nunca rígido. Piensa en el vestuario de un viejo club: maderas, cuero curtido, lana. Un sillón club de cuero leonado, una librería, una lámpara de pantalla verde, y encima una jugadora en pleno revés. El secreto es mantenerse en una gama corta: dos o tres colores repetidos en la habitación, y el póster se vuelve el punto de anclaje de la mirada en lugar de un elemento más. Sobre una pared clara basta un solo gran formato; sobre una pared oscura, un marco ancho y un passepartout crema devuelven aire a la imagen.
Habitación por habitación
- Recibidor: un saque en gran formato, primera imagen que se cruza al entrar.
- Despacho: un díptico de jugadores en movimiento, que da ritmo sobre un escritorio.
- Salón: una sola pieza fuerte sobre el sofá, con su ocre y su verde repetidos en un cojín.
- Pasillo: tres formatos pequeños alineados, como un friso de gestos, del saque al remate.
El marco justo para la pista justa
El roble es la madera reina para el tenis. Su tono de miel prolonga el ocre de los pósters antiguos y recuerda las viejas raquetas de madera. Se elige claro para un ambiente veraniego, más oscuro, casi tabaco, para un aire de club inglés. El negro sigue siendo una opción nítida si el póster juega al contraste, un jugador oscuro sobre fondo claro. En cuanto a la altura, se centra la imagen en torno a 1,55 metros del suelo, a la altura de los ojos de una persona de pie. Sobre un sofá o una consola, se dejan unos veinte centímetros entre el mueble y el borde inferior del marco, para que el póster respire.
Un póster de tenis no cuenta un partido. Congela un gesto, y ese gesto suspendido basta para dar movimiento a una pared inmóvil.
En Montmartre Poster, la colección de tenis reúne saques Art Déco, jugadoras cubistas y pistas de tierra batida, impresos en papel de arte de 275 g/m². Lo justo para componer un rincón deportivo y refinado, donde el color queda apagado y el gesto, en cambio, queda vivo.






