Un salón al final del día. En la pared de enfrente, enmarcado en negro, el rostro de una mujer Art Déco mira ligeramente de lado. Te sientas y, sin pensarlo, sigues esa mirada. Eso es lo que distingue al retrato en decoración: no es un motivo que se contempla, es una presencia que ocupa la habitación. Un paisaje viste una pared. Un rostro te hace compañía.

Esa fuerza es también un riesgo. Mal colocado, colgado demasiado alto o bajo una luz cruda, un retrato se vuelve pesado, casi intrusivo. Bien colocado, ancla toda una habitación. Todo se reduce a tres decisiones: la altura de la mirada, el número de pósters y la luz que cae sobre ellos.

Colocar el retrato a la altura de la mirada

La regla viene de la museografía y no admite excepción: se centra el póster para que los ojos del sujeto queden en torno a 1,55 metros del suelo, a la altura de la mirada de una persona de pie. Un retrato con los ojos demasiado altos obliga a levantar la cabeza, y el sujeto parece mirarte por encima del hombro. Demasiado bajo, se escapa del campo de visión y pierde toda presencia. Sobre un sofá o una consola, se dejan unos 25 centímetros entre el borde superior del mueble y la parte baja del marco, para que el póster respire sin flotar.

Pieza única o pareja: encontrar el ritmo justo

  • Pieza única, formato con carácter: un solo retrato grande, 50 por 70 o 70 por 100, que se convierte en el centro declarado de la habitación. La opción más fuerte, ideal sobre una cama o frente a la entrada.
  • La pareja, dos rostros que se encuentran: dos retratos del mismo formato, separados de 8 a 10 centímetros, crean un diálogo. Conviene orientarlos para que las miradas converjan hacia dentro.
  • El trío alineado: tres retratos uno al lado del otro, marcos idénticos, alineados por su centro, para un pasillo o una sucesión de pared. La repetición crea un ritmo casi fotográfico.
  • A evitar: mezclar cuatro o cinco rostros de épocas y estilos distintos en una misma pared, lo que convierte la presencia en una cacofonía de miradas.

Marco y luz cálida

El retrato pide una luz suave, nunca frontal. Una iluminación cálida, colocada de lado, modela el rostro y le devuelve relieve, mientras que un foco directo lo aplana y endurece los rasgos. Se evita el sol directo, que destiñe las carnaciones en pocas estaciones. En cuanto al marco, el negro mate sigue siendo el valor seguro: recorta el rostro y concentra la atención en la mirada. El roble claro calienta un retrato de tonos sepia o terracota. El blanco conviene a los retratos fotográficos sobre fondo claro, con un amplio paspartú que aísla el rostro como en una galería.

Un retrato no decora una pared. Instala a alguien en la habitación, y es a esa presencia a la que hay que darle la altura justa y la luz adecuada.

En Montmartre Poster, la colección de retratos reúne rostros Art Déco, figuras pintadas y siluetas en plano de color, impresos en papel de arte de 275 g/m². Lo justo para invitar una mirada a la habitación, a la altura adecuada, bajo una luz que le hace justicia.